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PRESENTACIÓN

Los seres humanos no pueden aceptar las cosas como ellas se presentan, porque eso nos lleva directamente al suicidio. Tenemos que creer en alguna cosa y, sobre todo, tenemos que tener un sentimiento de responsabilidad colectiva, según el cual cada uno de nosotros será responsable por todos los otros
José Saramago


Resistir. Una consigna válida para esa comunidad de luz que parece hoy opacarse con la llegada de la noche. Necesitamos, aun sabiendo reconocer el lugar de la noche, atravesar todo de nuevo para al menos avistar la posibilidad de un plenilunio. Nos equivocamos al creer que la utopía vino para quedarse. Pero nos equivocaremos otra vez al transformarla en desencanto. Porque la utopía es «ánima». Paso. Camino hacia. Tránsito. Es el lugar de las luces y por lo tanto, continuidad. Es el estar siempre alerta como recuerda José Saramago en esa metáfora del Ensayo sobre la lucidez, en la que imagina un pueblo despierto frente a los ejercicios despóticos del poder y que, en consonancia con el lugar que ocupa en el orden social, despide a las autoridades políticas de la ciudad que huyen por el pavor que provoca el voto en blanco, con una escalada de luminarias que abren la noche oscura. Esa novela es uno de las más potentes parábolas que explican el orden social en que nos hayamos insertos.

La responsabilidad del ciudadano transformado ahora en sujeto, cualquier cosa en medio de una comunidad líquida como pensaba Zigmunt Bauman al aludir al orden social contemporáneo, obliga no a la reivindicación de un colectivo siempre ausente sino a la interposición. Es decir, advertir que somos a partir del reconocimiento del lugar que ocupa el otro. La conjunción de una red de alteridades es la posibilidad que tenemos al alcance para romper con el imperativo de los modelos unilaterales y anacrónicos de este tiempo crepuscular. En la coyuntura en la que nos encontramos, es un signo de esperanza que es necesario ampliar. La lucha continúa.

La constatación de que estamos frente a la repetición de lo mismo – sin olvidarnos de que es también algo nuevo porque las condiciones son otras, claro – es un acto de clarividencia. En esta hora, funciona como uno más de los varios alertas («Aullemos, dijo el perro»); una condición contraria, por lo tanto, a esa otra que parece haber servido de fuerza motriz al levantamiento de la noche que hoy nos opaca y que tiene que ver con nuestra inhabilidad, nuestro silencio o el simple acomodo.

Las condiciones sociales, cuyas bases son ahora el consumo y la supervivencia frente al miedo terrible de ser tragado por la miseria impuesta con el nombre de crisis por el poder dominante, nos llevaron a ese lugar de ceguera que nos imposibilita distinguir los contornos de las cosas y, las formas del otro, sobre todo de los trabajadores que no pueden imponerse por sí mismos. No sabemos si dejaremos algún día de ser sumisos a la parafernalia del consumo y al brillo de las pantallas (algunas de las distracciones que nos desvían la mirada para nuestro entorno, para la farsa de los discursos, para la condición del otro,) pero mientras no lo sepamos, estar parados puede volverse una fatalidad. La alternativa que nos queda es resistir. Y una de las maneras más potentes de hacerlo es haciendo de las distracciones lugares colonizados por la fuerza de discontinuidad del mal. Observemos que espacios como el de esta revista, como la Revista Blimunda, la Fundación José Saramago, para citar lugares en que se osa y se mantienen vivas las osadías del decir- son buenos ejemplos para seguir. Son resistencias. Debemos ampliarlas.

En contrapartida a la discontinuidad del lugar del poder desvairado podemos oponerle la literatura, materia que nos alimenta y alimenta los otros espacios citados arriba. La literatura es uno de esos oasis, un lugar de resistencia. De manera más amplia, es necesario deshacernos de la falacia impuesta por el poder, de que la cultura es solamente ocio, alegre pasatiempo –como se vende actualmente en los miserables espacios de los medios de comunicación, por ejemplo- y creer que por ella pasan nuestros destinos y problemas y que, en ella podemos reconocer  como condición primeva  maneras de pensar y de respirar en tiempo de hastío, renovando la expresión de un poema de Carlos Drummond de Andrade escrito en un estadio semejante al de ahora. Decimos «ahora» como quien dice «siempre», porque si la condición de estar lúcidos alimenta nuestras voluntades es porque nunca las fuerzas de destrucción de los oprimidos fueron destituidas de la comunidad humana. No olvidemos que el brillo fluorescente del poder unilateral pretende instalarnos en la comodidad. ¡Nos urge desasosegar!

Por eso, cuando nos proponemos hablar de literatura en tiempos de oprobio, también lo hacemos como resistencia. No es de cualquier literatura sobre la que hablamos, es de la literatura del «no» que cada escritor profesa en su obra, en su discurso y en la postura personal que asume contra la inercia y contra las verdades únicas que nos gobiernan. Que todavía nos reste un hilo de lucidez para atravesar la noche y que lo haga como posibilidad que resta. Si no nos salvamos por la literatura que, al menos encontremos en ella un medio de confrontar la mismidad que se nos impone. Tal vez, en ese lugar, se perciba otra manera de habitar la existencia antes de que la aridez tome cuenta de todo.

Equipo Editorial

ÍNDICE

La balsa depiedra, de José Saramago: Repertorio y sistema interliterario ibérico
CARLOS PAZOS-JUSTO

El ãno de 1993. La poesía distópica de José Saramago
MARÍA VICTORIA FERRARA

EULA PINHEIRO

DANIEL CRUZ FERNANDES

MARIA CAROLINA DE OLIVEIRA BARBOSA

RODRIGO CONÇOLE LAJE

JORGE LUÍS VERLY BARBOSA

FERNÂNGELA DINIZ DA SILVA
JOSÉ LEITE JR.


RESEÑAS

ANTONIO ARENAS BERRÍO


* Los textos están en formato PDF