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PRESENTACIÓN

Todos los nombres, de José Saramago narra la búsqueda que realiza  un hombre solitario y prisionero de la rutina, de una mujer cuyas características recupera de los registros de la Conservaduría del Registro Civil donde trabaja, de la conversación que mantiene con personas que la han conocido  y de lo que descubre en las investigaciones realizadas en la escuela donde estudió quien es ahora objeto de sus andanzas.  Construye – en consecuencia- un retrato posible sobre una desconocida. Tal vez lo hace porque todo retrato es siempre una posibilidad, y también porque es recurrente en la obra saramaguiana una constante construcción de posibilidades, expresada en la manera como el escritor hibrida los géneros con los que trabaja (novela-manual, novela-ensayo, novela-evangelio, novela-cuento, novela-parábola) como también en la forma que rehace la historia y las situaciones ficcionales.

A pesar de todo, lo que aquí nos interesa es la manera en que resuelve el embate con las búsquedas aquí destacadas. Sin el acceso a la ficha en la cual estaba registrada la muerte de la mujer motivo de la búsqueda de Don José – es éste el nombre del protagonista de la novela en cuestión – el Conservador sugiere que sea él quien cree una nueva ficha sobre ella. Es decir, que sustituya lo cierto por lo posible. La respuesta del personaje no se hace esperar y exige un buceo exhaustivo entre los extensos laberintos de la Conservaduría a los fines de rescatar los datos que necesita de la oscuridad de los olvidos para cumplir su cometido.

Esta acción, además de postular los rasgos que definen al personaje, es responsable de la diversidad de lecturas posibles que puede hacerse del texto. Entre ellas, la más acuciante: aquélla que sostiene la responsabilidad reservada a los vivos de custodiar la memoria de los muertos. A los ojos de Saramago, nos cabe como tarea no olvidarnos del pasado. Y esto no significa sólo acordarnos de aquellos que no están más entre nosotros sino – principalmente – de  un ejercicio que consiste en hacer presente lo vivido para que ese presente se constituya de la manera más integral posible. O sea, no repitiendo el pasado o recordando a los muertos como una forma de expiar los errores cometidos. No podría ser así, claro, porque estaríamos en total contradicción con el pensamiento crítico del escritor ya que esta posición no pasa de ser un lastre del cristianismo ajeno a su pensamiento. No podemos olvidar que – aunque sea repetitivo decirlo – esa ha sido una de las claves la de la literatura saramaguiana: alejarnos de esos lugares comunes sedimentados por ciertas particularidades de occidente, tal como atinadamente reveló Miguel Real en su ensayo «José Saramago o la literatura como fundación de la palabra» (1999).

Lo que está en causa, en ese compromiso entre vivos y muertos, es una relación de memoria. El hombre y toda su existencia está condicionada por una red de recordaciones que nos dice quienes fuimos, quienes somos y en quienes nos transformaremos. Borrar esta memoria –como quieren los actuales modelos de vida capitalistas- supone un grave peligro para la civilización induciendo a abrir esa brecha que da cobijo a la barbarie.

Poco antes de morir en marzo de este año, Imre Kertèsz lamentaba la muerte de toda una generación que, como él, había padecido los horrores del nazismo en Europ. Lo hacía en un momento en que se reavivava esa sombra en aquel continente. En Brasil, para citar otro ejemplo, no es con tranquilidad que asistimos desde hace dos años a la profusión de una serie de movimientos cuyas ideas son lo más retrógradas posibles porque atentan abiertamente contra las relaciones humanas. A saber, el enaltecimiento de la dictadura militar, la castración química de los gays, la transformación de escuelas y universidades en institutos de formación técnica desprovistos de capacidad crítica, consciencia ciudadana e intervención política en la sociedad, además de muchas otras barbaridades. El olvido, el desentendimiento del pasado que supone también un desentendimiento de la voz de los otros, es muy peligroso porque desvía al hombre de su condición para convertirlo en un objeto destituido de sensibilidad: una cosa en medio de tantas cosas – como bien señala Saramago en un cuento de Casi un objeto.

Es en nombre de las memorias de aquellos que dedicaron sus vidas al ejercicio liberador de las consciencias, este ejercicio que los hermanó a hombres como José Saramago, que esta edición de la REVISTA DE ESTUDIOS SARAMAGUIANOS habla. Por eso, es simbólica la presencia, una vez más, de la voz de Claudio Capuano al lado de la de la profesora Lilian Lopondo, homenajeada in memoriam junto con él en esta edición. A ellos acompaña un conjunto de lectores que presentiza, con sus incursiones, una obra tan necesaria para estos tiempos en que debemos recuperar la condición humana que el poder quiere erradicar Por esta razón, se trata de un editorial muy semejante al de la edición anterior de este periódico. Sin embargo, no hay que considerarlo una mera repetición porque no lo es. Cada recorrido, por más que siga el mismo recorrido ya trazado es otro y no el mismo. Y si no, que lo diga aquel señor de la Conservaduría General del Registro Civil. Que lo diga también esa necesidad de conservar viva la memoria y evitar su substitución por una falsa posibilidad.

Equipo editorial

ÍNDICE

SANDRA FERREIRA

IZABEL MARGATO

CLÁUDIO DE SÁ CAPUANO

KARINA LUIZA DE FREITAS ASSUNÇÃO

JESSICA VALDATI
JOSIELE KAMINSKI CORSO OZELAME

JULIANE DE SOUSA ELESBÃO

IRLANDA VILLEGAS

LÍLIAN LOPONDO

AURORA GEDRA RUIZ ALVAREZ

IVANNIA BARBOZA LEITÓN


* Los textos están en formato PDF